Viaje de un argentino judío a Teherán

Por Ariel Andelsman (*)

Aceptar la propuesta de dar un seminario en Teherán fue morder el fruto del cactus: primero me dolieron sus espinas, luego me topé con la amarga piel superficial, al final sentí la pulpa dulce y jugosa penetrar en mi boca. He sido feliz dando mi seminario de negociación en Gabón, en Holanda, en Argentina, en la India, en China. Teherán es otra clase de destino: el recuerdo del atentado a la AMIA hiere esporádicamente mi memoria viva. Conocer a los iraníes, mirarlos en lo profundo de sus ojos, caminar por sus calles, dialogar por metáforas y procurar entenderlo todo sin decir prácticamente nada eran, por otra parte, los frutos prohibidos por excelencia. Insensible a los paranoicos que dudaban sobre mi seguridad personal, acepté y comencé a soñar. La pulpa dulce que atravesaba mis dientes calmaba, por el momento, las púas clavadas desde 1994 en mi paladar.
 
Teherán sería una ciudad bulliciosa, con mujeres misteriosamente cubiertas y hombres orgullosos que te mirarían de frente. Me darían una bienvenida bajo la tradición iraní de recibir generosamente y con los brazos abiertos a los extranjeros, y mis estudiantes serían como los que ya conocí en tantos otros destinos: seguros de sí mismos, llenos de esperanzas y de juventud, adultos que aún conservan secuelas de la niñez.
 
En el primer piso del viejo edificio de nuestra queridísima AMIA había dos sillones verdes, simples, cuadrados. Una vez, cansado, dormí una siesta de unos diez minutos en uno de ellos. Recuerdo un sueño dulce y placentero, de contenido indefinido, y un despertar refrescante, volviendo a la vida. Cuando supe del atentado pensé en las víctimas, luego, insensiblemente, la imagen de los sillones destruidos atravesó mi mente.
 
No entendí el reflejo de pensar en los sillones hasta mucho después. Cuando voló la AMIA, no solo murieron personas de carne y hueso, también estallaron en astillas infinitas los sueños dulces y placenteros de toda nuestra generación, de las generaciones que nos precedieron, de toda una comunidad, de cientos de miles de judíos argentinos que, simplemente, creyeron que vivían en paz y en seguridad, como la generación anterior lo había estado de los designios diabólicos de Hitler. Ese sueño inocente se convirtió en vetusto y algunos de los que nos despertamos vivos de la pesadilla decidimos partir a la búsqueda de nuevos sueños, para tal vez olvidar.
 
Ir a Teherán era visitar la ciudad donde se decidieron esos asesinatos y terminar con mis sueños, los míos y los de mi generación. Tal vez cruzar en la calle, sin saberlo, algunos de los partícipes en el acto terrorista. Algunos de mis amigos piensan que visitar Teherán es cooperar con el enemigo; sostenerlos con mi presencia, una herejía turística, en todo caso una hipocresía académica. Pisar el Aeropuerto Komeini sería como honrar su memoria, pasar frente a su foto indiferente y en silencio, una falta de respeto a nuestros muertos.
 
Pensé en todo eso y mi respuesta interna alivió mi consciencia. Irán es el país de Ciro el Grande, el que restauró la presencia judía en Israel luego de la destrucción del Templo. Allí vivimos durante tres mil años, en una relación de respeto mutuo y tolerancia con nuestros vecinos única en nuestra historia. Los antepasados de los iraníes actuales trataron correctamente a nuestros antepasados, y es altamente probable que sus generaciones futuras traten correctamente a nuestras generaciones futuras. Irán es el país de los sueños de miles de judíos que viven allí, si bien con menos libertad que en el Occidente de hoy, con mayor libertad que las que tuvieron los judíos de los países hoy civilizados hasta la emancipación. En Francia, en Alemania, los judíos hemos sido libres de persecución durante, digamos, los últimos dos siglos trágicamente interrumpidos. Si tomamos distancia temporal de los eventos, los persas nos protegieron y nos cobijaron durante mucho más tiempo. Si la historia no son sino manifestaciones superficiales de fenómenos más profundos de cada sociedad y de la compleja interacción entre esos fenómenos, después de todo lo que aprendimos respecto de cómo los gentiles de unos y otros países reaccionaron ante nuestra presencia, no podemos afirmar con absoluta certeza que en cincuenta, cien, doscientos años los judíos de la diáspora estaremos más seguros viviendo en París o Berlín que en Teherán.  Pensando en todo ello me subí al avión.
 
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La parashá de mi semana en Teherán era Bejukotai, y la leí una y otra vez antes de partir, buscando soporte moral a mi decisión de partir, al menos un rayo de luz sobre el futuro. La recupero otra vez a mi regreso, al mismo tiempo que leo en los periódicos que algunos columnistas se interrogan si los judíos partirán de Israel por la mera circunstancia que Irán cuente con la bomba atómica. Una frase de la parashá me inquieta por su pertinencia, refiriéndose a los judíos en caso que desobedezcan los preceptos que D’s les ha encomendado: ?????????? ??????-????? ???????. Es decir, ustedes huirán sin que los persigan.
 
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El aeropuerto Imán Komeini es un aeropuerto banal, con grandes ventanales de vidrio, cintas de caucho que te transportan de un lado al otro, oficiales de migraciones que hacen eficientemente su trabajo de evaluar intuitivamente tu peligrosidad en un mínimo de tiempo y que te sellan el pasaporte sin sonreír. Nadie abre las valijas para buscar libros prohibidos ni alcohol, tampoco te examinan el disco duro de tu ordenador como mi imaginación delirante me había sugerido, produciendo una prudente y finalmente innecesaria limpieza de textos potencialmente irritativos.
 
Al salir del sector de aduanas, veo varias familias con arreglos florales, esperando  seguramente a alguien querido. Una emoción casi inocente los embriaga y sonríen preciosamente. Regresar o llegar a casa debe ser un acto casi sagrado tanto para los que llegan como para los que reciben. En Occidente, en cambio, perdimos la capacidad de emocionarnos frente a los viajes, a los regresos y a los reencuentros. Me contagio de la sonrisa y me da una vaga envidia: nadie jamás me esperó con un ramo de flores en ningún lugar. Mi chofer me ofrece llevarme la valija, yo no acepto: si voy a sobrevivir una semana en Teherán será con la menor ayuda posible.
 
El Peugeot toma la autopista, es casi medianoche. Quince minutos después el chofer anuncia la llegada a Teherán, y sigue conduciendo. A pesar del tránsito fluido, casi una hora después aún estamos en Teherán, megalópolis sin confines, cortada por autopistas implacables en todos los sentidos. A diferencia de otras ciudades, las luces de los faros nocturnos son verdes y azules, avenidas enteras son dos líneas paralelas de puntos incandescentes verdes.
 
Una enorme construcción con cuatro torres gigantescas iluminadas de varios colores se destaca diez minutos luego de salir del aeropuerto: es el mausoleo del Imán Komeini. Dirijo la vista hacia adelante, tratando de olvidar la imagen, haciendo equilibrio entre el respeto por el personaje venerado y muerto del país que me recibe en huésped y la fuerte aversión hacia alguien que yo siempre identifiqué como un ser fanático y siniestro. Sabía que mi viaje a Irán me obligaría a hacer concesiones y no tuve que andar muchos kilómetros para toparme con la primera: guardar un prudente silencio y asentir sin remarcar nada frente al chofer que me explica su admiración y orgullo por el edificio sagrado. Las luces verdes resplandecen en las cúpulas de cada una de las cuatro torres.
 
Por algún motivo, incógnito por ahora, el verde me lastima.
 
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La mañana de fin de mayo es calurosa y seca. Por mi ventana veo y huelo la frondosa vegetación, vieja, nueva, verde resplandeciente. Las montañas en telón de fondo, algunas aún con nieve. Teherán es una ciudad corrugada, con subidas y bajadas pronunciadas todo el tiempo. Salvo en las avenidas y autopistas, las calles son angostas y sinuosas. Algo me sorprende gratamente: en medio del asfalto de esas callejuelas ya difíciles incluso para los conductores iraníes experimentados, hay árboles que no han sido cortados para facilitar la circulación, es decir rodeados por asfalto y brindando al menos una grata sombra a los peatones. De vez en cuando hay que pasar entre un edificio y un tronco de árbol, en un auto normal hay que realizar la travesía a paso de hombre, conteniendo la respiración. El ejercicio se repite, al menos en el barrio coqueto donde habito, cada doscientos metros.
 
Los teheraníes están orgullosos de sus numerosos y frondosos árboles, de la sombra y del oxígeno que aportan. Cortarlos para mejorar el pasaje de los autos, como en cualquier ciudad normal que se asfalta con el progreso, sería totalmente impensable, una destrucción brutal e innecesaria de algo muy valioso.
 
Irán es un país de montañas. Las veredas de todas esas calles que bajan y suben están en un estado calamitoso para los estándares de las ciudades occidentales, con canales abiertos al costado por los que corre un volumen importante de agua. Es cierto que tiene su encanto, sin por ello olvidar su peligrosidad para los caminantes inadvertidos. Una cierta cadencia acompaña a los caminantes que suben y bajan, una especie de ceremonia del caminar en algo intermedio entre una vereda civilizada y un sendero montañoso virgen. No es difícil entender que ese placer de caminar imitando el modo tradicional de desplazamiento en la montaña haya sido extendido a los automovilistas, dejando los árboles intactos allí donde crecieron, rodeados de asfalto, impidiendo un aceleramiento que perturbaría tanto la calma de la ciudad como las tradiciones infinitas que se respiran en cada esquina.
 
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Teherán es una ciudad bulliciosa, con mujeres orgullosas que te miran de frente y hombres misteriosos, no exactamente lo que esperaba. Esperaba que alguna mujer desafíe al régimen mostrando su cabello: ni una en toda una semana de ir de aquí para allá. Tener a todas las mujeres cubiertas es la muestra visible del control del sistema social por sus autoridades religiosas. Los autos inundan las autopistas y los negocios están repletos de clientes. Hay un embargo económico relativo sobre Irán, pero los iraníes comunes no parecen tener modo de advertirlo en la vida real. No parece faltar nada, ni nadie culpa al embargo de esto o lo otro, es como un mosquito del que escucharon hablar pero que todavía no picó a nadie.
 
El occidental inadvertido puede sentir lástima por esas mujeres cubiertas bajo 32 grados de calor de mayo y espantarse frente a la idea que los hijab sigan en su lugar aún en el verano, cuando el calor puede alcanzar los 45 grados. Incluso suponer que se trata de mujeres sometidas, rebajadas por el machismo irredento del régimen iraní y de sus tradiciones extremas y retardadas.
 
No tardé en encontrar mi propio diagnóstico que seguramente los iraníes no compartirán: En Irán, tanto mujeres como hombres son sumamente orgullosos, probablemente el pueblo más orgulloso que yo haya encontrado. Las mujeres cubiertas y dignas caminan con disciplina y ritmo, cara al frente, seguras de sí mismas, de su trayecto y de su destino. Los hombres que no gozan de un uniforme obligatorio y que se visten como yo, según el clima y al modo occidental, se mueven sin disciplina, casi sin cuidado, distraídos. También así manejan. Desprovistos de una disciplina obligatoria de cómo mostrarse en público, desinteresados por ende de su imagen, se ven menos orgullosos y menos seguros de sí mismos que esas mujeres que, en una mirada superficial y equívoca, podrían suponerse humilladas por la vestimenta reglamentaria.
 
Como en todo sistema en el cual existen dominantes y dominados, es este último quien comprende mejor todas las sutilezas y complejidades de la relación de poder que los une y los enfrenta. Luego de años de ejercicio intelectual de resistir en silencio, el dominado conoce todos los recovecos de esa situación involuntaria en la cual se encuentra. Muchas veces su ausencia de poder lo impulsa a desarrollar una superioridad intelectual y moral que le permite sobreponerse y, finalmente, restablecer un cierto equilibrio psicológico con su dominador. Portar el hibab, para algunas de ellas, también es un desafío. Hay que viajar a Irán y ver caminar a esas mujeres orgullosas, seguras de sí mismas, triunfadoras morales del sistema, para terminar de entender la profunda estupidez de los dominadores que creen poder controlar las vidas y las mentes de sus congéneres humanos.
 
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En la Universidad de Teherán donde voy a dar clases empiezo a conocer a mis alumnos. Las chicas, cubiertas y recatadas; los varones no se distinguen en casi nada de los otros estudiantes que he conocido en distintos países. Pasamos cinco días juntos y aprendí a quererlos como aprendí a querer a tantos estudiantes de los orígenes más diversos. En algún momento pensé en la posibilidad de que, en un conflicto futuro originado en la voluntad expansionista y armamentista de los líderes iraníes, esos chicos sufran un bombardeo, y la sola idea me perturbó como me hubiese perturbado pensar en que chicos holandeses, indios o franceses que yo conozca sean bombardeados.
 
El conflicto entre Irán y un cierto número de países por el desarrollo de su potencial armamentístico ha ocupado una parte de mi energía intelectual durante los últimos meses, tal vez esa ansiedad sea normal para alguien cuyos abuelos perdieron casi todas sus familias durante la Shoa y que vio derrumbarse a la AMIA en su propio país, esto último comanditado desde la ciudad que estaba visitando. Tenía que venir y ver a la gente con mis propios ojos, hablar con ellos, hacer mi propio diagnóstico desde el lugar, desconfiando de lo que dice los diarios. Así fue como cambié totalmente mi opinión sobre Irán y sobre los iraníes, para bien pero también para mal. Aprendí a quererlos como quiero a tantas otras personas de tantos otros países que he visitado. También aprendí a temerles, como nunca temí a ninguna otra sociedad que haya conocido hasta el presente.
 
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Teherán es una ciudad verde, naturalmente verde de día y artificialmente verde de noche. Los árboles, en el lugar que tienen que estar y también en otras partes, testimonian la lucha contra el calor y el desierto, la canalización del agua de la montaña, el adaptarse a una montaña agreste que los endurece y, una vez que obtienen todo ello, si además desarrollan una profunda y compleja civilización, es natural que se llenen de orgullo y se convenzan de su superioridad frente a las otras culturas. El sonido permanente del agua que corre por los canales abiertos de la ciudad permea la vida cotidiana, y la música iraní que escuchan los choferes incluyendo el mío, llena de armonías disonantes de cuerdas orientales, se completa coherentemente en acordes deliciosos con el transcurrir incesante del líquido transparente que desciende rítmicamente de la montaña.
 
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En el Museo Militar hay una colección fantástica de uniformes militares, una de las mejores que yo haya visto. Pocos visitantes, ningún turista extranjero. Un guardia de civil se presenta. Joven, muy simpático, buen inglés, naturalmente curioso por nosotros. Nos acompaña haciéndonos preguntas, no hay muchos europeos que visiten Teherán últimamente. Todo funciona bien hasta que visitamos el uniforme militar utilizado desde fines del Siglo XVIII, una ruptura total con los uniformes anteriores de estilo persa, elegantes y originales. El nuevo uniforme pasaría desapercibido en el museo militar de París: azul, con botones, partes blancas, cuello con borde rojo. Imprudente, comparto con el joven iraní mi convencimiento de que el ejército napoleónico influyó en este nuevo uniforme persa. La respuesta tajante no pudo esperar: según el iraní, es igualmente probable que Napoleón haya copiado ese uniforme persa.
 
Continuamos nuestra visita modestamente, sin remarcar nada más a nuestro guía.
 
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Transitar las autopistas y avenidas permite recoger miles de pequeñas informaciones sobre una sociedad: autos, modos de manejo, cómo se comportan dentro de los vehículos, vestimenta, edificios, música. En apariencia se trata de una ciudad normal como tantas otras, con edificios nuevos y viejos, vivienda u oficinas, autos lujosos y descascarados, gente rica y pobre, sola o acompañada, triste o alegre. La policía de tránsito, con camisas blancas, está desbordada. El tránsito es caótico y la agresividad de manejo memorable incluso para alguien que ha conducido en Argentina. El caos no es total, ciertas reglas básicas son respetadas, la sociedad no se desmorona y sorprendentemente no he testimoniado ningún accidente. A pesar de la conducción en zigzag, de estar los unos a cinco centímetros de los otros, las cámaras instaladas al costado de la autopista limitan eficazmente la velocidad e imponen el uso del cinturón de seguridad. Las miradas de los otros conductores, asimismo, evitan toda tentación femenina de bajar los pañuelos de la cabeza.
 
Es un universo complejo en el cual las meras miradas de los otros producen temor e inducen el cumplimiento de lo que, de otro modo, sería naturalmente evitado por muchas de ellas. Es decir, si conduces tu auto en una autopista iraní en mayo, o sea con 40 grados de sensación térmica, y no eres religiosa y además tienes tu carácter, debes estar muerta de miedo de las consecuencias potenciales como para aceptar la cobertura de tu pelo, o en abierto desafío de esas normas. Eso no te evitará, siendo mujer, mantener tu espalda derecha, mirada al frente, controlar el volante con la firmeza y precisión de quien está en condiciones de cumplir infaliblemente incluso con las reglas más absurdas que les impone el orden social revolucionario.
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El vendedor de alfombras del Gran Bazaar habla un inglés correcto sin parar. Relata sus clientes, las decenas de miles de dólares que pagan las familias ricas de Teherán por una alfombra de gran calidad, los rusos que llegan con cien mil dólares en efectivo a comprar lo mejor, los franceses que son sus amigos entrañables. Mi chofer tiene dolor de cabeza y quiere irse, yo quiero comprar la pequeña alfombra roja con dibujos de soldados persas sin quebrantar mi presupuesto. La estrategia del vendedor es destrozar mi voluntad de resistencia arrojándome múltiples informaciones inútiles que no cesarán hasta que yo acepte sus demandas. Acepto la prueba de resistencia, de todos modos lo que cuenta es grato e interesante. Mi chofer me mira suplicando piedad. Yo decido, aunque él no entienda que es por su bien, que me acompañe en la aventura. El vendedor se da cuenta que no lo logrará, y baja el precio hasta un límite cercano al mío. Yo también entiendo que prefiere perder la venta que la dignidad de una derrota incondicional, y acepto. Nos damos la mano en paz. Mi chofer está anonadado, nunca vio un vendedor de alfombras bajar tanto el precio.
 
La anécdota tiene para mí una importancia que va más allá de mi alfombra roja: con los iraníes se puede negociar largamente, incluso llegar a un acuerdo. Lo que nunca va a ocurrir, jamás, cualquiera sea el costo, es que se bajen de su recobrada dignidad. Olvídalo, no ocurrirá, hablarán hasta que te mueras por perforación cerebral.
 
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Las autopistas carecen de publicidad comercial y atestan de publicidad revolucionaria. Es decir, bellas pinturas de los ayatolas, escritas en persa y en inglés, o solo en inglés, es decir para mí. La mayoría celebra el sacrificio y la lucha contra Estados Unidos e Israel. Komeini sigue vivo en Teherán, su mirada dulce y severa sigue a los conductores y les recuerda lo que su venerado líder, aún muerto, espera de ellos.
 
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“Salaam aleikum”. Hay una manera de saludar, con la mano en el pecho y sinceramente, que los iraníes aprecian. Ellos intuyen la sinceridad, y yo soy sincero en apreciarlos y en desearles paz. Decir “hello” genera una respuesta cordial, decir “salaam aleikum” produce una explosión de bienvenida y una sonrisa impagable. Los iraníes adoran aquellos que hacen un esfuerzo por apreciar su cultura y sus costumbres.
 
Almorzamos kebab en un restaurant tradicional con uno de los profesores. La Universidad de Teherán hace un esfuerzo financiero en enviar estudiantes a hacer doctorados al extranjero, principalmente a Estados Unidos, Canadá e Inglaterra. El problema: a pesar de firmar contratos de regreso y garantías financieras, muchos deciden quedarse allí una vez finalizados los estudios. No me llama la atención, deben ser brillantes y apreciados allí donde estudian. Para la universidad es un círculo sin salida: sin que regresen los mejores para educar a la siguiente generación, la universidad no progresará y nadie querrá volver. Eso también es Irán: un país del cual algunos huyen mintiendo, incluso algunos de los más brillantes. No es de extrañar, entonces, la calidad de los que se quedan para cumplir con su vocación de gobernar.
 
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Pedí ver desde fuera el edificio de la ex embajada de Estados Unidos: está todo pintarrajeado por fuera, con leyendas contra Israel y contra el ex propietario del lugar. Es un monumento a la dignidad recobrada por los iraníes, que no han olvidado las humillaciones recibidas, según así lo sienten, en manos de la CIA.
 
Unos días después mi opinión estaba formada: los iraníes son un pueblo como los otros, su cultura es rica y su civilización sofisticada. Tienen una característica un poco más marcada que otros que conozco: su orgullo exacerbado. La desgracia de nuestros días, en el conflicto con ellos sobre el tema nuclear, es que este pueblo tan orgulloso de sí mismo y defensor por sobre todo de su dignidad nacional, cuente con los medios técnicos y financieros como para recuperar el lugar que ellos consideran deben ocupar en el concierto de las naciones, antes de haberse curado de las heridas infestadas provocadas por las humillaciones sufridas del pasado.
 
Ese ser extraño, bruto, feo y provocador, agitador de emociones destructivas de su pueblo, incapaz de aprobar un test de normalidad psicológica, peor aún, negador de la Shoa, que ocupa hoy la presidencia de Irán, ha declarado que una nueva relación con Estados Unidos comienza por un pedido de disculpas. Luego de algunos días aquí entiendo lo que pide y me parece que se trata de uno de sus intervalos lúcidos, no de otra bravuconada ridícula de las suyas.
 
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Mi impresión es la siguiente: Irán no va a dar marcha atrás en su disputa nuclear, cualesquiera sean las consecuencias. No hay amenaza que los haga temblar. Peor aún, las amenazas solidifican su orgullo y confirman sus peores sospechas respecto de la imagen de pueblo inferior e irresponsable que tienen de ellos los occidentales y del lugar relegado que le han reservado en el orden mundial. Una posibilidad es bombardearlos, lo que mostraría el lado más oscuro de Occidente, su capacidad para destruir lo que no puede controlar, el uso ilimitado de sus recursos técnicos superiores cuando entra en pánico. Otra posibilidad es ponerse en los zapatos de los iraníes, pueblo orgulloso que siente haber sido humillado, constituido de hombres, mujeres y niños como los hombres, mujeres y niños de tantos otros lugares del planeta, que ríen, aman, corren, leen, tienen preocupaciones morales, aman a sus familias y creen en su mayoría, como la mayoría de los integrantes de tantos otros pueblos, que una vida decente con sus semejantes y conforme a sus tradiciones es la única merecedora de ser vivida.
 
¿Quién es el que ellos sienten que los humilló? La nación más poderosa del planeta, una que nunca pide disculpas porque nunca se equivoca y porque todo lo que hace, en definitiva, es por el bien y la libertad de toda la humanidad. Ese es el otro lado de la desgracia de nuestros días, un humillado que ha humillado a su previo humillador y que persistirá en la provocación hasta que le pidan disculpas por la primera humillación, frente a una gran nación que no comprende haber humillado en primer lugar y que recuerda, en su lugar, la inaceptable humillación de la toma de la embajada y los ulteriores y permanentes insultos de una manga de barbudos fanáticos y locos frente a los cuales no piensa inclinarse bajo ninguna circunstancia.
 
Israel es el rehén de esa relación neurótica incandescente, al alcance de los misiles de los ayatolas, consumida por sus propias fobias históricas, dispuesta a defenderse por sí misma frente a una amenaza potencial que, aún siendo vaga, puede ser percibida como suficiente como para apretar el botón y prenderles fuego a los que ellos consideran como unos locos sedientos de inmolación por la causa de Alá.
 
Es un triángulo altamente inflamable entre humillados que recobran su dignidad, humillados primera potencia mundial y humillados desde tiempos inmemoriales, todos ellos atiborrados de armas y de disposición a utilizarlas si lo consideran necesario. No sólo no tiene solución fácil, sino que además, es probable que explote de un modo u otro, consumiéndose en llamas los unos a los otros.
 
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Es mi último día de visita, bajo el sentimiento extraño  – mezcla de alivio y de nostalgia -, que muy probablemente sería el último día de mi vida en Teherán y que, salvo eventos hoy inesperables, no regresaré nunca más, entiendo el dolor del verde: son los sillones de la AMIA impregnados para siempre en mi retina.
 
Entre toda esta gente alegre, bulliciosa, familias felices, hombres y mujeres que viven y sueñan y ríen y lloran como cualesquiera otros del planeta, hay en algún lado alguien o algunos que representan para mí la cúspide de la maldad. Entre todos ellos, en algún lugar, alguien decidió, participó al asesinato de mis compatriotas, a la destrucción del edificio de la AMIA y a la explosión en mil añicos de mis sueños y de los sueños de mi generación y de varias generaciones anteriores de judíos argentinos.
 
Mi presencia en el mismo suelo me perturba y a la vez me permite sentir un cierto orgullo. Lo que dice la parashá de la semana, que vamos a huir sin que nos persigan, eso no va a ocurrir, porque nosotros hemos hecho y continuaremos haciendo lo que es correcto, conforme a los principios morales del pueblo de Israel y a las leyes internacionales a las que el Estado de Israel está sujeto desde 1948. No sólo no vamos a huir, sino que vamos a venir, vamos a mostrarles que no tenemos miedo, vamos a pasear por sus ciudades sin preocuparnos. Esa falta de miedo no proviene de la arrogancia, sino de una creencia que surge del fondo de nuestra alma, seamos o no seamos religiosos. Eso que me sostuvo en Teherán es el sentimiento de protección divina que tienen los que vienen a un lugar en paz y que tienen, además, la conciencia tranquila. Salaam aleikum, shalom aleijem, en mi mala pronunciación del árabe no se distinguen demasiado, ni yo pretendí que se distingan cada vez que la pronuncié sinceramente, con el corazón abierto cada uno de mi prójimo iraní que pude saludar.
 
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Con todo mi respeto a la gran religión musulmana chiita que profesan los iraníes, algo me perturbó en mi propia sensibilidad religiosa judía: la adoración a los ayatolas en las pinturas de las calles, las llamadas a destruir los Estados Unidos e Israel. No se trata de unos mensajes entre otros que están pintados, son los únicos mensajes pintados en las calles, en diversas variantes. La humillación que los iraníes han sufrido ha sido como un virus que produjo con el paso del tiempo y la falta de tratamiento un melanoma, manifestación exterior de un cáncer con metástasis múltiple que no desaparecerá ni con amenazas ni mucho menos por sí solo. Ese melanoma visible son las pinturas de los ayatolas. Hay una forma de matar un cáncer que es la de matar el paciente, pero esa forma es contraria a los principios morales del pueblo de Israel y al derecho internacional (prefiero no pronunciarme respecto de lo que harían Estados Unidos, Rusia, Francia o China si ellos fueran los potencialmente amenazados por las ojivas nucleares en desarrollo).
 
Yo experimentaría matando el virus que dio origen al melanoma, sólo para probar, modestamente, sin calcular las probabilidades de éxito. Que los Estados Unidos pidan disculpas, lo sientan o no, aún afectando su propio orgullo. No es una solución perfecta, pero frente a las alternativas, la de crear riesgos de consecuencias impredecibles o la de matar a miles de inocentes iraníes, no dudaría demasiado. 
 
El avión de KLM despegó luego de la medianoche. Cerré los ojos y quise soñar, tal vez dormir, pero no pude. Una extraña sensación de haber confirmado mis peores sospechas despertó mi lagrimal mientras el avión pujaba por ascender. Miré hacia abajo y me despedí en silencio, en esa clase de adiós que te perfora el alma cada vez que sabes que no volverás nunca más.

(*) arielandelsman@hotmail.com